Crónica: Ryan Adams (Madrid) 31.03.2025

SETLIST: To Be Young (Is to Be Sad, Is to Be High)/ My Winding Wheel/ Amy/ Shakedown on 9th Street/ Oh My Sweet Carolina/ Don't Ask for the Water/ In My Time of Need/ Call Me on Your Way Back Home/ Bartering Lines/ Damn, Sam (I Love a Woman That Rains)/ To Be the One/ Shame, Shame, Shame/ Gimme Something Good/ New York, New York/ Two/ Dear Chicago/ I'm Waiting for the Man/ To Be Without You/ Not Dark Yet/ When the Stars Go Blue/ Come Pick Me Up/

Fue ayer, última noche de marzo, cuando Madrid se convirtió en el epicentro de una velada que, sobre el papel, pintaba inolvidable para los amantes del rock y el americana, gracias al concierto de Ryan Adams en el Teatro Coliseum (gracias también al esfuerzo de la promotora Houston Party por traer semejantes giras a nuestro país, todo hay que decirlo). En esta ocasión el aniversario de "Heartbreaker” (2000), debut en solitario de un artista que, si bien su carrera comenzó de manera convencional, ha evolucionado de manera insospechada. Quinto concierto suyo al que asisto desde que me subí al carro hace más de veinticinco años y me doy cuenta de que me cuesta recitar de memoria la treintena de discos que Adams ha publicado, fundamentalmente, en la última década, en la cual ha sufrido algunos problemas que le han alejado del circuito habitual y ha sabido resolver con su propia discográfica y la difusión a través del streaming y redes sociales, nada que objetar excepto mi capacidad para absorber tal cantidad de música sin sentir que, en muchas ocasiones, Adams sufre un exceso de confianza o indulgencia con el material que pone en circulación. Sin embargo, cualquiera que asistiera ayer a la Gran Vía de Madrid, no podrá albergar duda alguna de que Adams posee una parroquia fiel que agota las entradas de sus conciertos con meses de antelación y lo recibe con los brazos abiertos, pese a las pruebas a las que este somete a su público. Y es que el de Jacksonville, conocido además por su carácter impredecible, regresaba a España tras años de ausencia; ocho desde aquella visceral actuación en la edición del petardísimo festival Mad Cool de 2017 y veintitrés desde su primer concierto en nuestra ciudad, en 2002, el cual tuve también la suerte de ver desde la primera fila de asientos del Palacio de Congresos de IFEMA; aquella noche presentaba las canciones de “Demolition” (2002), con “Gold” (2001) aún caliente en el bolsillo y Jesse Malin abriendo el concierto, casi nada.


Si bien, la sensación que me queda de ayer es agridulce. Adams, nominado siete veces a los Grammy, es un artista que divide opiniones: genio para algunos, un buen compositor pero un artista errático para otros y lo que mostró ayer son las dos caras de esa moneda. Por un lado, el concierto se sostiene gracias a esas canciones que una vez compuso; es imposible que un concierto pueda ir mal con temas como “To Be Young (Is to Be Sad, Is to Be High)”, “My Winding Wheel”, “Amy”, “New York, New York” o “Two”, pero Adams es también su peor enemigo y capaz de arruinar su propia noche; entre bromas acerca de sus supuestos abusos sexuales, la limpieza de su ano, las repetitivas dedicatorias a familiares, sus problemas de su salud como argumento contras el flash de las fotos y su defensa por vivir el presente y no a través del móvil, cuando no dudó en causar un verdadero interruptus tras “To Be Young (Is to Be Sad, Is to Be High)” para que los fotógrafos suban al escenario para evitar “salir gordo” en las fotos del concierto, sus constantes chanzas a un público amable y excesivamente comprensivo que, en mi humilde opinión, no se merecía ser respondido de manera tan burlona en muchas ocasiones, aprovechando la brecha entre el escenario y el patio de butacas que Ryan Adams quiso hacer desaparecer sin éxito y los agotadores e imprevisibles parones entre canciones, el larguísimo descanso y las poco trabajadas versiones de sus propias composiciones lastraron la experiencia; donde algunos verán frescura, aprecio descuido cuando no es posible que Adams se equivoque habitualmente en acordes de sus propias canciones, entre a destiempo o desvaríe en el desarrollo de algunas, mientras falla al piano en “New York, New York”, convertida en una caricatura en su fraseo, como las horrendas versiones de “I'm Waiting for the Man” de la Velvet o una “Not Dark yet” de Dylan, carente de su mística, interpretada a vuelapluma y un final desangelado con dos preciosas “When the Stars Go Blue” y “Come Pick Me Up” desmerecidas por el contexto.

Hubo buenos momentos, “Bartering Lines” me gustó con Ryan Adams domando su Danelectro, igual que algún que otro destello, pero mi sensación es de haber presenciado en directo uno de sus múltiples conciertos improvisados en Instagram; el sentimiento de precariedad, de poco ensayo, de poca contención y de creer que todo vale, de abuso estético sobre un público que le permitirá todo y mostrará paciencia infinita. Por otro lado, en el más personal, tengo también la sensación de haberme montado en una montaña rusa por la cantidad de sentimientos y recuerdos que Ryan Adams ha revuelto en mis tripas, sentí un auténtico viaje a través de sus canciones y, aunque creía que semejante concierto ahondaría en la pura y dura nostalgia de la celebración de un álbum publicado hace veinticinco años, Adams quería reinventar sus canciones, hilvanando el caos con su genialidad, sin éxito en muchos momentos por la sensación de improvisación y poco esmero. "Heartbreaker” (2000) es un álbum para lamerse las heridas, claro que sí, pero también para celebrar la vida en una noche en la que se mezcló presente y pasado, los demonios fueron exorcizados y el espíritu de todas aquellas personas que salieron de nuestras vidas para bien, pareció más remoto que nunca. Pero, sintiéndolo mucho, la próxima vez que pase por nuestro país me lo pensaré dos veces, es tal el cariño que siento por él, que ayer no me gustó verlo a la defensiva, excesivamente perdido, errático y caprichoso, contemplado como un niño egocéntrico por aquellos obligados a reírle las gracias y sin llegar a cumplir con su parte y rendir un merecido homenaje a su obra, Adams se creerá ingenioso, pero falta el respeto a sus propias canciones, de nada sirve que le dediques una a tu hermano fallecido y, al minuto siguiente, asegures que se puede comer del ojo de tu culo. Una pena.

texto, disco y cartel © 2025 Jota
pic by © 2025 Ryan Adams