
Llevaban unos estuches enormes que, totalmente aterrado y por mi propio bien, debí presuponer eran instrumentos musicales, pude distinguir una trompeta, si acaso una guitarra o un bajo, quizá hasta una acordeón pero no puedo recordarlo con exactitud. El que estaba sentado al lado mío se dirigió a sus compañeros, subió el volumen de la música para que yo no pudiese escuchar lo que decían, parecía tener acento cubano, sus compañeros le llamaban Garnier.
Me indicaron e hicieron que me desviase de mi ruta, tomé la autopista y corrimos entre enormes arboledas que me alejaban de mi camino. Sacaron una botella de alcohol, no quise mirar pero empezaron a beber, por el olor creo que era whisky, reían y hacían todo tipo de bromas privadas entre ellos, volvieron a subir la música hasta hacer vibrar los cristales con los graves, todo con el fin de mantenerme al margen, el ambiente estaba tan cargado que parecía que mi coche fuese un bar ambulante.
Sin que ellos se diesen cuenta pude tomar la siguiente salida y, milagrosamente, llegué donde quería, paré el coche aún a sabiendas de lo que aquello podría significar, quité las llaves y saqué del reproductor el último disco de Bob Dylan; es simplemente maravilloso.
© 2011 Jesús Cano